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Ofrecer una pertenencia viva, abierta y plural

016En la revista de este mes hemos querido imprimir una nota especial: subrayar la pertenencia y la comunión en la Iglesia. Es, lo sabemos bien, una cuestión no menor. Quizá todos estemos de acuerdo en el principio, aunque no es tan claro que tengamos coincidencias sobre el desarrollo. A punto de clausurarse este año de la Misericordia, en el que Francisco nos ha recordado, una y otra vez, lo que es el “abc” de un cristiano, quizá la cuestión se resuma en pertenecer.

Porque lejos de necesitar que se nos convenza, necesitamos saber que algo forma parte de nuestra vida, nos define y orienta. Y ahí está la cuestión, ser capaces de abrir y reconocer, y compartir y convocar allí donde está el interés y la necesidad de las personas.

En la entrevista que le hicimos a monseñor Osoro, por su reciente designación como nuevo cardenal de la Iglesia, nos impactó especialmente esa clave. Hay personas desconectadas que no pertenecen, porque no se sienten escuchadas, comprendidas o integradas.

¿No estaremos creando círculos perfectamente organizados que satisfagan las necesidades de quienes nos sentimos propietarios de ellos? ¿Son de verdad nuestras parroquias, y grupos de jóvenes y adultos, lugares abiertos al discernimiento y al encuentro de la persona? ¿No estaremos actuando y reflexionando desde unos presupuestos que tienden a serenar nuestras inquietudes, tranquilizar nuestras conciencias y favorecer que nos rodeemos de nuestros próximos?

Escuchando al nuevo cardenal, sentimos el impulso de darle más vida a nuestros intentos de crecer en misericordia. Hacer un viaje hacia el desconocido mundo del encuentro de aquellos que no nos son tan próximos y, por ello, no los sentimos prójimos; leer desde las claves que no solemos leer; escuchar otros puntos de vista no para juzgarlos, sino para descubrir que la verdad tiene muchas perspectivas. En definitiva, poner nuestro cristianismo “en salida” para transitar por la provisionalidad, el éxodo y la frontera. Descubrir que pertenecer no es poseer, sino participar, cooperar, escuchar y compartir. Asumir que pertenecer a la comunidad cristiana no es convertirme en puro, sino saberme vulnerable, capaz del bien pero también tentado de egoísmo y soberbia. Caminar en una sana pertenencia en la que el importante, el único, es el Señor Jesús, todos los demás discípulos, hermanos abiertos a la ayuda, la reconciliación y el perdón.

Asumir que pertenecer a la comunidad cristiana

no es convertirme en puro, sino saberme vulnerable.

Finalmente, acompañar una pertenencia eclesial, en la cual lo necesario es atender la necesidad de las personas y, no tanto, lo que tenemos programado o lo que nos resultó bien el año pasado o el anterior.

 

Francisco Javier Caballero, CSsR

director@revistaicono.org

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